Había vivido: ¿pero cómo? Como el visitante de un cosmorama que creyera en algún momento estar delante de los espectáculos representados en éste; es decir, a sabiendas de que están pintados en cartón, Vérod no creía en la vida. Los insensibles objetos, las inanimadas obras de arte pueden ser iluminadas, pero siempre quedarán como son, frías, mudas, inertes; así había amado él a las criaturas vivientes. Y en cuanto al sentimiento, en un tiempo había soñado, no en cambiar la naturaleza de las cosas, porque ello era imposible, pero sí en ser comprendido de alguno de sus semejantes; y porque jamás ese sueño se había realizado, una expresión de soberbia lo había persuadido de que tenía una alma distinta de las demás, de que valía más que los otros. Y su soberbia había sido castigada con la espantosa soledad que lo rodeaba. Entristecido más aún por efecto de la soledad, una idea subsecuente le había demostrado que, sin embargo de valer las criaturas humanas, poco más o menos, las unas tanto como las otras, todas están condenadas a no entenderse jamás.

Así, con esa fe desesperada, con la amarga complacencia de haber sabido comprender la estéril verdad, había vivido años, y estas opiniones se reflejaban demasiado fielmente en su arte, que era negador, frío y amargo. Proclamando que la vida es un engaño, que no hay distinción entre los sentimientos del nombre consciente y las ciegas potencias de la Naturaleza, que todo se reduce en el mundo a un mecanismo impasible, no creía tener ya razón de vivir y su vida era una continua muerte. Refrenaba todas sus tentaciones, comenzando por la de morir, y con el furor de un iconoclasta, destruía dentro de sí todas las imágenes de las cosas y de los seres. Años hacía que vivía así, cuando ella se le apareció.

Y allí la volvía a ver, en el carruaje que subía lentamente la cuesta, acompañada de otra dama: sus miradas se cruzaron rápidamente. Su aparición lo había dejado aturdido: ¡qué blanca, qué pálida estaba! ¡qué cansada parecía! Y ¿qué decía esa mirada?

La misma noche la había vuelto a encontrar en la Casa de Salud, donde un médico amigo trataba de persuadirlo de que, con un poco de agua tibia sobre las espaldas, se curan los males del espíritu. ¡Otro era el remedio que él necesitaba! Ni las duchas, ni el aire, ni el ejercicio de los músculos podían nada contra su dolor. Y otra vez, en el terrado de la Casa de Salud, había pasado por delante de ella, más de cerca, y por mucho que ese encuentro hubiera sido tan rápido como el primero, había tenido tiempo de notar que su extenuada belleza se había reanimado e iluminado de improviso. ¿Qué decía esa mirada?...

Las sombras surgían ya más densas de la cuenca del lago. Las nubes, antes doradas, se habían puesto grises, y sólo en algunas fajas cobrizas y violáceas se veía que la luz no había muerto del todo. Un reflejo de aquellas coloraciones daba al agua estancada los tonos de una lámina metálica. Las rápidas faldas de los montes saboyanos parecían caer a pique sobre el lago, y las cimas se destacaban negras sobre el claro fondo del hielo, como cortándola. Vérod echó nuevamente a andar, anhelante.

La proximidad de la noche lo aterraba. ¿Qué iba a hacer en la noche? De día, por lo menos, adonde quiera que volviese los ojos, veía algo que le hablaba de ella, y volvió a verla como tantas veces la había visto, bañada por los últimos reflejos del sol, contemplando inmóvil el mudo espectáculo de la puesta del sol; y contenía la respiración y el paso, como antes en presencia del cuerpo viviente, temeroso de verla desvanecerse, de perderla. ¡Y había desaparecido, se había desvanecido, la había perdido! ¡Cuántas veces le había oprimido el corazón ese sentimiento de pavor! ¿Era aquel un ser hecho para la vida terrenal? ¡Cuántas veces la había oído decir, hablando de lo futuro, de lo que debía hacer tal día: «¡Sí estaré todavía en el mundo!...» Y Vérod se detuvo sin poder ver nada más, los ojos cargados por el llanto, y su dolor era tan agudo e inefable, que casi se convertía en una mortal voluptuosidad. El llanto había sido la voluptuosidad de ese amor: el gozo, la esperanza, la compasión, el miedo, el dolor, todo lo había hecho llorar.

La impresión que sintiera al verla por primera vez había sido tan fuerte, que de pronto no había podido darse cuenta de toda su hermosura. ¿Consistía su mayor seducción acaso en la gracia lánguida y casi vacilante de su cuerpo alto y delgado, o en la pureza de las líneas del gracioso rostro, de la frente tersa como si fuera obra de un escultor, coronada por copiosos cabellos negros que le descendían en dos bandas por las sienes y la daban un parecido con la Virgen, o en la dolorosa dulzura de la mirada, en la expresión profunda de una alma ansiosa?

Una contemplación más atenta le había hecho comprender después que todos esos detalles juntos formaban el evento de su persona; pero entonces también había visto que aquella belleza no era durable. Había días, había horas, en que la flacura de las mejillas parecía demasiado grande: todas las líneas del rostro se alteraban, como próximas a desfigurarse; la tez, no iluminada en esos momentos por la llama interior, se ponía lívida, la mirada aparecía velada y casi ciega. Pero esos repentinos apagamientos que no parecían más que las declaraciones de una belleza demasiado grande y casi fuera de lo humano, le habían hecho temblar de miedo a él, pues le revelaban la amenaza que pendía sobre la vida de su amada. El sentimiento de admiración que ese ser encantador despertaba por doquier en los momentos de su máximo esplendor, se tornaba entonces en solícita compasión; y la que embargaba el corazón de Vérod, por esa fugaz y frágil hermosura, tenía mucha más fuerza que lo que hubiera tenido su admiración por cualquier otra hermosura soberbia y triunfante.

Todavía recordaba las palabras que había oído en noche ya lejana, cuando en uno de esos momentos de tranquilidad demasiado raros, había cedido a la insistencia de una multitud alegre, y se había puesto a tocar el piano. Una música embriagadora salía del sonoro instrumento, y la misteriosa virtud de la melodía era para el alma del joven una explicación del por qué de la sobrehumana belleza que esa repentina animación hacía brillar en aquel rostro. Y ante tan máximo grado de maravilla, se sentía humillado y casi ofendido, diciéndose que cuanto mayor fuese la superioridad de esa mujer, mucho más difícil le sería acercarse a ella y tanto más insignificante o indigno debía juzgarse. Pero cuando más oprimido sentía el corazón, por la conciencia de la distancia que lo separaba de ella, vio de improviso, que sin que las manos de la pianista interrumpieran la ejecución del Largo de Bach, que tocaba, la púrpura de sus mejillas palideció, la maravillosa pureza de las líneas de su rostro se alteró, se disolvió. En ese momento, uno de los espectadores, que él creía embargados por un sentimiento igual al suyo, se le acercó, y señalándosela le dijo:

—¡Mire usted! ¿No es una lástima? A no ser esos repentinos desfallecimientos, ¡qué hermosura tan perfecta! ¡Sería verdaderamente insuperable si no decayera así, de un momento a otro!...