Como no te puedo oir, no sé si lloras arrancándole al piano las notas fugaces de cristal.
Como no me ves, no sabes si río.
EL ORO INGLÉS
Leía yo, acostado, tratando de dormirme, El Imparcial. De pronto, sobre el cielo raso sonoro como el parche de un tambor—¡oh estas casas nuevas de ladrillo y de hierro!—sentí los pasos menuditos. Aquella noche me intrigaron más. Por la tarde había sostenido este diálogo con la camarera de la fonda:
¿Quién duerme arriba?
—La inglesita.
—¿Qué inglesita?
—Una joven que ocupa dos habitaciones. La contigua para su institutriz.