Desde entonces, Juan y yo rondábamos juntos a las primitas. Fueron nuestras novias muchos meses. Siempre que anochecido las encontrábamos reunidas en la reja, nos deteníamos. Cuando en la reja estaba una y pasábamos los dos, también; y hasta se dió el caso de que uno solo se parase en la ventana con ambas.

Lo que no llegó a ocurrir jamás fué que uno solo se atreviera a acercarse cuando su novia estaba sola.

Una vez me sucedió a mí, por excepción y por pura sorpresa, y pasé las de San Quintín.

¿Qué demonios iba yo a decirla?

TEMPESTAD

“Voy con María. Espéranos.—Octavio.”

María era mi amante.

Octavio, el escritor neurótico de palabra helada, estaba medio loco. Por su modo extraño de sentir y por su modo extraño de adorar la belleza pagana de su esposa.