Subimos al reservado. De nuevo el tren empezó a correr en la soledad de las montañas, huyendo por la cinta que cortaba sus laderas. Yo iba junto a la ventanilla, abierta para respirar el fresco, y Octavio a mi lado, rodeándome el cuello con el brazo, murmurando a mi oído, que rozaban sus labios, dulcísimas palabras. La pantalla de la lámpara obscurecía el interior del coche. Estaba la noche espléndida. La luna, que parecía más alta sobre la enorme profundidad del valle, vertía su luz tranquila sobre los pinares de la sierra, y arrojaba sobre los desmontes la sombra del tren, que corría despeñado cuesta abajo.

Sentía la cara de Octavio rozando con la mía en los bamboleos de la marcha. Sus manos acariciaban mi cabello y mi garganta. Perdí la conciencia y no sé cuánto nos duró aquel mareo de ventura; pero creo que más de una vez nos alumbraron las linternas de pequeñas estaciones, cruzando a escape, y sólo recuerdo que ya no veía la luna en las sombras del cielo, cuando al fin, reclinada en el hombro de Octavio, que besaba todavía el cabello de mi frente, me fuí quedando dormida entre la presión suave de sus brazos, llena el alma de celeste paz, sin temores, sin memoria, sin más vida que la de aquel momento y la de aquel estrecho espacio del carruaje, blando, solo, nuestro como un nido de amor, trepidando siempre y envuelto en el estruendo de la carrera del tren por la solitaria noche...

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Una luz blanca, intensísima, rápida, que me hirió dormida, me hizo despertar en la obscuridad para escuchar un estrépito formidable.

Es decir, la obscuridad no era a mi alrededor completa; el farolillo del coche, aunque tapado por la pantalla azul, permitía ver las cosas esfumadas. Octavio no estaba junto a mí.

La luz eléctrica de un relámpago volvió a iluminarlo todo. Entonces vi a Octavio al otro extremo, tirado sobre su asiento, con el hermoso cabello negro levantado en rizos por el vendaval y mirando por las abiertas ventanillas el horror de los cielos... Un nuevo relámpago, tan grande que me hizo exclamar un ¡Dios me valga!, dibujó y me mostró en los labios de mi marido una sonrisa diabólica. Sus ojos habían mirado fijamente la nube negra que se rayó de fuego, y cuando un trueno pavoroso estalló seco sobre nuestras mismas cabezas, él, Octavio, con una serenidad inconcebible, con una satisfacción parecida a la del escenógrafo que oye los bravos para sus decoraciones, me obligó a ocupar otra ventana, sacó un brazo fuera y dijo:

—¡Esto sí que es grande! ¡Esto es inmenso!

Podría jurar que un rayo cayó sobre los hilos del telégrafo. Temblé. Él sonrió otra vez.

—¡Qué hermosa esta luz!—me dijo, y el trueno ahogó sus palabras.

Caia la lluvia en gotas gruesas como una granizada de balas. El huracán rugía con incesante rabia. El tren, en dirección opuesta al viento, volaba a toda máquina por una curva, silbando y lanzando espumarajos de vapor; de modo tan intenso resplandecían los relámpagos, que pude ver netamente, sobre el negro rodaje de la locomotora, la biela y la manivela, limpias y brillantes, moviéndose con el vaivén furioso de los brazos de un loco.