Voy por la calle, tropieza conmigo un sujeto, y en vez de excusarse, me da una bofetada, que contesto con un bastonazo, tomándole por loco. Me entrega su tarjeta y se la tiro a las narices. Se aleja, pero recibo inmediatamente la visita de dos amigos suyos, y quieras que no, tengo que batirme. Al otro día, un sablazo en este brazo. ¿Noticias de mi rival...? Propietario, hombre extravagante, distinguido y frío. No pude averiguar más.
La herida, de bastante importancia, iba a retenerme en el pueblo más de lo que hubiera deseado. Esto, y el no poder explicarme tan original desafío, me irritaba.
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A los pocos días, me sorprendió mi adversario, visitándome.
—Vengo a pedirle mil perdones—me dijo. ¿Usted sabe quién soy?
—No tengo ese gusto... es decir, sí; un loco o un camorrista de profesión.
Ni lo uno ni lo otro. Soy, sencillamente, el dueño de la casa en cuya reja encontraba a usted siempre. Y pues que tras ella estaba mi mujer, que es tan honrada como joven, le tomé a usted por un impertinente a quien me propuse escarmentar. Lo menos que puede hacer un marido, aunque esté seguro—como yo lo estoy—de la virtud de su esposa, al ver que un hombre asedia su casa, recatándose en la obscuridad, es tenerle por inoportuno y profesarle antipatía.
—Bien—repuse asombrado—; pero es que mi objeto...
—No se moleste en explicármelo—interrumpió tranquilo y galante mi adversario—. Se lo acabo de escuchar al médico de usted, hablando confidencialmente de nuestro duelo, que todo el mundo achaca a genialidad mía. Usted iba a escuchar a Amalia. No canta mal, efectivamente, y merece la pena. Mas como las apariencias han hecho que yo pague una deferencia de usted a un mérito de mi mujer con una estocada, al saberlo me creo en el caso de reparación. Lo menos que debo hacer, si usted se digna perdonarme, es presentarle a mi mujer para que pueda usted oirla cantar, cómodamente sentado, y para que pueda ella darle las gracias por las veces que fué a oirla aguantando el frío y las molestias de la calle.
Tendí la mano a mi interlocutor, pero renuncié delicadamente a su proyecto. Insistió. Era, pues, absolutamente necesario.