—¿Que no?—insistió el cabrero con su extremeña terquedad.

Y como su novia continuaba en silencio, echóse el garrote al hombro, se acercó a ella, hizo una cruz, y después de decir: “Por ésta, que me llevan a presillo”, se las tocó a paso largo, dejándola atónita e inmóvil.

La Reina (mote que Juana había heredado de su madre, a quien se lo dieron por limpia y buena moza) se llenó de pena comprendiendo que Chuco cumpliría su promesa al pie de la letra. Tras algunos momentos de duda, se enjugó los ojos y miró al valle, donde se divisaba el umbroso follaje de la ribera; suspiró, y alegre al poco—que para algo habían de servirle sus diez y siete años—, partió ligera como una saeta hacia la Tabla Grande.

¡Bah! Si no conocía al señorito Luis, tampoco iba a pedirle un reino...! Entre corriendo y andando, cruzó el encinado, salvó el puente del arroyo, dejóse atrás la huerta y los pinares, y agazapándose en la pradera para esquivarse del tío Juan, que volvía del lugar con el carro, entró por fin en la alameda, recorriéndola hasta darse de manos a boca, o punto menos, con el pintor, que de pie junto a la silla de tijera, tenía delante un caballete. Juana se paró, y, arrepentida, trató de esconderse. Pero el señorito Luis la había visto ya; era inútil... Entonces, lanzando una imperceptible carcajada, a un tiempo medrosa y atrevida, roja como una grana, se acercó a él, soltó el covanillo, y clavando los ojos en el suelo, exclamó casi sin voz:

—Yo... soy la novia de Chuco.

El señorito Luis había soltado los pinceles y miraba con sorpresa a la recién llegada.

—¡De Chuco...! ¿Qué Chuco, hija?—preguntó en el colmo de la extrañeza.

No conocía a Juana, que habitaba en el cortijo las dependencias de la servidumbre.

—De Chuco el cabrero..., del que usted pintó ayer en la sierra de la ermita—añadió Juana.

—¡Aguarda! ¡Conque tú eres...! Pues tiene Chuco una novia como una perla—murmuró el joven sonriendo—. Bueno, mujer; tú dirás lo que deseas.