En Marzo volví a verle en una platea del Español, con Aurora y su familia. En toda la noche cesaron de hablar, cubierta ella la cara con el abanico de seda, sin importarles un pito la representación. Y después, durante todo el verano siguiente, le encontré siempre acompañándola en los teatros, en los paseos, enamoradísimos ambos, según las muestras. Tenía ganas de hablar con César para darle mi enhorabuena, y una tarde que yo estaba en la Moncloa, adonde fuí de puro aburrimiento, le hallé sentado en un banco, la cara seria, entretenido en golpear las piedrecillas del suelo con la contera del bastón.
—Te felicito—le dije.
—¿Por qué? ¿Por quién...? ¿Por Aurora? No, no; todo lo contrario.
—¿No es tu novia?
—Sí.
—¿No la quieres?
—Como un insensato, y su familia me acepta, y ella es adorable sin par; y, por lo tanto, me tiene vuelto el juicio. Puedo casarme cuando se me antoje; pero...
—Pero ¿qué?
—Pero... ¡no me da la gana!
Dijo esto con dureza extraña, como imposición hecha por su voluntad a su invencible deseo.