En aquel hombre veía el artista la vulgaridad de que creía él haber salido con vuelo de genio, al pintar un demonio sin rabo, sin cuernos, sin alas de grulla siquiera...
Dió La Riva un paso, cogiendo por el brazo al pintor. Hubiérase creído que lo iba a lanzar contra la pared... Mas no; ¡brusquedades de hombre de negocio!... se sonreía.
—¿Cuánto vale ese lienzo?
Rangel respondió altivo:
—Veinte mil pesetas.
—Lo compro. Enviaré por él, y mañana tendrá usted la bondad de almorzar con nosotros para colocarlo.
Ya en el coche, rodando hacia el Senado, le decía Jacinta:
—Has estado importunísimo. ¿Para qué hablas de lo que no entiendes?
—¡Oh!—respondía filosóficamente el banquero—. ¡Si no se hablase más que de lo que se entiende bien!... ¡Bah, los artistas! ¡Sois vanidosos como el mismo Luzbel, hija de mi alma! En fin, ya verás... Cada cual tiene su vanidad, y... no había de estar yo sin la mía. Mañana quiero dar a ese geniazo un banquete tan original y espléndido que no lo olvide jamás...
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