Lo primero que vió Rangel fue su panneau llenando el hueco negro de la chimenea. Tocando al lienzo ardían los trozos secos de pino, y las llamas y el humo habían obscurecido la pintura, levantada hasta la rodilla del ángel.

La Riva, cruzado de brazos, con una sonrisa de agrado como quien espera un pláceme, contemplaba al pintor, cuyos labios temblaban.

Esta vez se lo dijo el artista:

—¡Imbécil! ¡Imbécil!

Con toda su alma, con toda su rabia, y comprendiendo la situación, salió como un loco.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

—¿Qué significa esto?—preguntaba Jacinta irguiéndose frente a su marido.

—Esto significa que le acabo de probar a un infeliz, prácticamente, cómo yo sé hacer las cosas; que si él tiene orgullo de su fantasía para pintar, yo tengo el orgullo de mi talento para hacer dinero, que vale y puede más, porque vale y lo puede todo... todo...

Y concluyó, mirando a su mujer hasta la conciencia:

—...incluso destruir la gloria... y haberte traído a mi palacio desde la estrechez, ¡no hay que olvidarlo, marquesa consorte de la Riva!...