Ella cerraba los ojos, caída al respaldo la cabeza en languidez que a mí, profano, siendo de enferma, se me antojaba de amante... Él cerraba los ojos también; atento siempre, inmutable, si bien hubiese yo jurado que hubo un momento en que le vi sonreír con piedad y malicia.

—¿Es aquí donde más sufre?

—Sí—gimió la muy gentil, sintiendo que el joven doctor le posaba en el corazón la mano.

Y alzó a él los ojos, con fijeza de suplicio, casi estrábicos.

—Puede usted vestirse.

Inmediatamente mi amigo fué a tomar notas en su diario de consulta, hasta que la señora concluyó de ayudar a su hija.

Tornó entonces a sentarse cerca.

—Van ustedes a dispensar que me informe de algunos detalles.

—Un médico es un confesor, caballero—apuntó la dama, completamente ganada por la actitud beatífica de Leandro.

—¿Tiene novio?