Lágrimas que siguen fluyendo de mi ser arrancadas por la paz augusta de la noche que allá lejos turban los sacrilegios de la guerra y por este grupo cuyo santo amor ni todas las ferocidades juntas han podido destruír.

Lloran, lloran los corazones del bello grupo de piedad, y yo pienso que sólo ella, la PIEDAD, tan grande y tan fuerte en nosotros y fuera de nosotros, que ni la guerra con la ley de lo feroz logra aniquilarla; tan grande y tan fuerte que al huracán de la guerra se hunden murallas y pueblos y templos, y ella persiste; tan grande y tan fuerte y tan exaltada bajo el turbión de lo horroroso..., que irá á ser la única ley que, restando incólume y perenne cuando la guerra agotada por la violencia de sí propia deje al mundo entre el destrozo de sus frágiles y viejas inconexas leyes religiosas y sociales, en nombre del corazón se bastará á imponerle al mundo la religión divinamente humana del Amor, la eterna religión divinamente humana de la Vida.

Armonizada la Vida, civilizado el corazón (que es lo que le falta que civilizar á tanta civilización de muerte y odio en torno suyo), la Vida, en el paraíso eterno de la tierra, tal que en nuestro pequeño paraíso va venciendo el ímpetu salvaje que aquí disperso con uñas y con dientes sobre la rústica inocencia se llama unas veces ignorancia y otras caciquismo, vencerá el ímpetu salvaje que oculto unas veces bajo la cultura mundial se llama inmoralidad, se llama crimen, se llama hipocresía, y otras veces descarada y oficialmente bien organizado de superdreadnoughts y de cañones, se llama imperialismo.

¡Oh! ¡Imperialismo! ¡Caciquismo...! Diese igual si aún aquél no fuera más salvaje porque tiene más medios para serlo.

Pero... ¡qué importa!

La Vida os creó para su triunfo, y yo, al fin, sí sé por qué á vosotros, que con vuestro ciego horror de amor creasteis las piedades, la Vida os matará.

FIN DE LA NOVELA

Villa Luisiana.—Ciudad Lineal.—Madrid, 1916.