Mas como nadie habría de secundarme y me juzgarían un mentecato; como son tan humildes é ignorantes estas gentes que no suben á escupirnos y á arrogarnos por las bordas..., soy yo el que suele bajar á ellos para sufrir siquiera un poco su tormento.
Me conocen. Pero me rodean desaprensivos tal vez los menos acreedores de piedad, y les voy cobrando miedo. En pocos días les he repartido mil pesetas. Deben proceder de mi dinero el vino y las juergas en que les he advertido algunas veces...
Y huyo, huyo por fin de ellos y de mi presentimiento de sandez repartiéndoles limosnas.
Con una desorientación tremenda en punto á caridades y á filosófica moral, vuelvo á la cristiana indiferencia y á la estultez de mis congéneres. Allá los pobres, pues, con su penar, y los ricos á bailar y á reír en la molicie... hasta la hora del Infierno.
IV
El oleaje de almas y de cosas, que dijérase que para jugar caprichosamente con las vidas salta á bordo desde el oleaje del mar que juega con el buque, me ha lanzado á limbos de ideal. Soy amigo de la rubia-ángel. Imposible habríale parecido ésto á mi afán, y sin embargo ha podido realizarse con la sencillez de una casual presentación á ellas par el teniente de fragata. Bendigo las expansivas hidalguías de este hombre que trata á todo el mundo.
Fué hace cinco tardes. Salíamos del comedor, y los dos sacerdotes franceses, el P. Reims y el P. Ranelahg, uniéronse á nosotros. Nos sentamos, y al poco las dos personas en cuya aparición yo no cesaba de pensar se acercaban sonriéndonos..., ó, á mejor decir, sonriendo á sus antiguos conocidos, puesto que ambas, y la niña especialmente, no pudieron reprimir un cambio de la jovialidad á la contrariedad al advertirme; pero, como antes á los curas, mi presentación se hizo inevitable; Lambea (ajeno, por lo demás, á la emoción de las llegadas), formuló:
—El señor Alvaro Adamar. La señora Leopolda Río Hoffmeyer, y su hija, la señorita Rocío.
Extremé mi corrección para borrar el mal efecto. Me quedé un poco aparte en la tertulia. La dama, los sacerdotes y el teniente de fragata hablaban en francés. Rocío (¡diáfano nombre!), también callada, turbadísima por lo que juzgaría en mí amaño de tenorio, mirábase los pies y me arrojaba ojeadas de recelo; estaba pálida; era tanta su emoción... que yo, incapaz de compaginarla con el simple temor de la libertad de una chicuela amenazada por un impertinente, incurrí un segundo (lo debo confesar) en la sospecha de que fuese lo contrario: el recóndito vibrar de una niña que por primera vez se siente galanteada por un hombre.
Pero deseché mi petulancia. Se hallaba ella junto á mí, ambos aislados de la conversación de los demás, y todavía ante la sorpresa de los nombres españoles y del español empleado en la presentación por el marino, no obstante encontrarnos hablando con franceses, á una pregunta mía respondió que era española, de Barcelona, aunque había vivido en Nueva Orleans casi siempre.