El Ciervo en la fuente.
Un Ciervo se miraba
En una hermosa cristalina fuente:
Placentero admiraba
Los enramados cuernos de su frente
Pero, al ver sus delgadas largas piernas,
Al alto cielo daba quejas tiernas.
«¡Oh dioses! ¿á qué intento[44],
Á esta fábrica hermosa de cabeza
Construís su cimiento,
Sin guardar proporción en la belleza?
¡Oh qué pesar! ¡oh qué dolor profundo,
No haber gloria cumplida en este mundo!
Hablando de esta suerte
El Ciervo vió venir á un lebrel fiero.
Por evitar su muerte
Parte al espeso bosque muy ligero;
Pero el cuerno retarda su salida
Con una y otra rama entretejida.
Mas libre del apuro
Á duras penas, dijo con espanto:
«Si me veo seguro,
Pese á mis cuernos, fué por correr tanto.
Lleve el diablo lo hermoso de mis cuernos;
Haga mis feos pies[45] el cielo eternos».
Así frecuentemente
El hombre se deslumbra con lo hermoso:
Elige lo aparente,
Abrazando tal vez lo más dañoso;
Pero escarmiente ahora en tal cabeza[46].
El útil bien es la mejor belleza.
FÁBULA XIV
El León y la Zorra[47].
Un León, en otro tiempo poderoso,
Ya viejo y achacoso,
En vano perseguía hambriento y fiero
Al mamón[48] becerrillo y al cordero,
Que trepando por la áspera montaña
Huían libremente de su saña.
Afligido del hambre á par de muerte,
Discurrió su remedio de esta suerte:
Hace correr la voz de que se hallaba
Enfermo en su palacio, y deseaba
Ser de los animales visitado.
Acudieron algunos de contado;
Mas, como el grave mal que lo postraba
Era una hambre voraz, tan sólo usaba
La receta exquisita
De engullirse al Monsieur[49] de la visita.
Acércase la Zorra de callada,
Y á la puerta asomada,
Atisba muy de espacio
La entrada de aquel cóncavo palacio.
El León la divisó, y en el momento
La dice:—Ven acá, pues que me siento
En el último instante de mi vida:
Visítame como otros, mi querida.
—¿Cómo otros? ¡ah, Señor! he conocido
Que entraron, sí, pero que no han salido.
Mirad, mirad la huella,
Bien claro lo dice ella;
Y no es bien el entrar do[50] no se sale.
La prudente cautela mucho vale.
FÁBULA XV
La Cierva y el Cervato.
Á una Cierva decía[51]
Su tierno Cervatillo:—Madre mía,
¿Es posible que un perro solamente
Al bosque te haga huir cobardemente,
Siendo él mucho menor, menos pujante?
¿Por qué no has de ser tú más arrogante?
—Todo es cierto, hijo mío;
Y cuando así lo pienso, desafío
Á mis solas á veinte perros juntos:
Figúrome luchando, y que difuntos
Dejo á los unos; que otros falleciendo,
Pisándose las tripas, van huyendo
En vano de la muerte;
Y á todos venzo de gallarda suerte.
Mas, si embebida en este pensamiento,
Á un perro ladrar siento,
Escapo más ligera que un venablo[52],
Y mi victoria se la lleva el diablo.
Á quien no sea de ánimo esforzado,
No armarle de soldado;
Pues por más que, al mirarse la armadura,
Piense, en tiempo de paz, que su bravura
Herirá, matará cuanto acometa;
En oyendo en campaña la trompeta,
Hará lo que la corza[53] de la historia,
Mas que[54] el diablo se lleve la victoria.