FÁBULA XV

El parto de los Montes.

Con varios ademanes[125] horrorosos
Los Montes de parir dieron señales:
Consintieron los hombres temerosos
Ver nacer los abortos más fatales.
Después que con bramidos espantosos
Infundieron pavor á los mortales,
Estos Montes, que al mundo estremecieron,
Un ratoncillo fué lo que parieron.
Hay autores que, en voces misteriosas,
Estilo fanfarrón[126] y campanudo,
Nos anuncian ideas portentosas;
Pero suele á menudo
Ser el gran parto de su pensamiento,
Después de tanto ruido, sólo viento.

FÁBULA XVI

Las Ranas pidiendo rey.

Sin rey vivía libre, independiente,
El pueblo de las Ranas felizmente.
La amable libertad sólo reinaba
En la inmensa laguna que habitaba.
Mas las Ranas al fin un rey quisieron:
Á Júpiter excelso lo pidieron.
Conoce el Dios la súplica importuna,
Y arroja un rey de palo á la laguna:
Debió de ser sin duda buen pedazo,
Pues dió su Majestad tan gran porrazo
Que el ruido atemoriza al reino todo:
Cada cual se zambulle en agua ó lodo[127];
Y quedan en silencio tan profundo,
Cual si no hubiese Ranas en el mundo.
Una de ellas asoma la cabeza,
Y viendo á la real pieza,
Publica que el monarca es un zoquete.
Congrégase la turba y, por juguete,
Lo desprecian, lo ensucian con el cieno[128],
Y piden otro rey, que aquel no es bueno.
El padre de los dioses irritado,
Envía á un culebrón, que á diente airado
Muerde, traga, castiga,
Y á la mísera grey al punto obliga
Á recurrir al dios humildemente.
Padeced, les responde, eternamente:
Que así castigo á aquel que no examina
Si su solicitud será su ruina.

FÁBULA XVII