Las Cabras y los Chivos.
Desde antaño en el mundo
Reina el vano deseo
De parecer iguales
Á los grandes señores los plebeyos.
Las Cabras alcanzaron
Que Júpiter excelso
Les diese barba[136] larga
Para su autoridad y su respeto.
Indignados los Chivos[137]
De que su privilegio
Se extendiese á las Cabras,
Lampiñas con razón en aquel tiempo;
Sucedió[138] la discordia
Y los amargos celos
Á la paz octaviana[139],
Con que fué gobernado el barbón pueblo.
Júpiter dijo entonces,
Acudiendo al remedio:
—¿Qué importa que las Cabras
Disfruten un adorno propio vuestro,
Si es mayor ignominia
De su vano deseo,
Siempre que no igualaren
En fuerzas y valor á vuestro cuerpo?
El mérito aparente
Es digno de desprecio;
La virtud solamente
Es del hombre el ornato verdadero.
FÁBULA XX
El Caballo y el Ciervo.
Perseguía un Caballo vengativo
Á un Ciervo que le hizo leve ofensa:
Mas hallaba segura la defensa
En su veloz carrera el fugitivo.
El vengador, perdida la esperanza
De alcanzarle y lograr así su intento,
Al hombre le pidió su valimiento
Para tomar del ofensor venganza.
Consiente el hombre; y el Caballo airado
Sale con su jinete[140] á la campaña,
Corre con dirección, sigue con maña[141],
Y queda al fin del ofensor vengado.
Muéstrase al bienhechor agradecido,
Quiere marcharse libre de su peso;
Mas desde entonces mismo quedó preso
Y eternamente al hombre sometido.
El Caballo, que suelto y rozagante,
En el frondoso bosque y prado ameno
Su libertad gozaba tan de lleno,
Padece sujeción desde ese instante.
Oprimido del yugo ara la tierra;
Pasa tal vez la vida más amarga;
Sufre la silla, freno, espuela, carga,
Y aguanta los horrores de la guerra.
En fin, perdió la libertad amable
Por vengar una ofensa solamente.
Tales los frutos son que ciertamente[142]
Produce la venganza detestable.