La Comadreja y los Ratones.
Débil y flaca cierta Comadreja,
No pudiendo ya más de puro[315] vieja,
Ni cazaba, ni hacía provisiones
De abundantes Ratones,
Como en tiempos pasados,
Que elegía los tiernos regalados
Para cubrir su mesa.
Sólo de tarde en tarde hacía presa
En tal cual, que pasaba muy cercano,
Gotoso, paralítico ó anciano.
Obligada del hambre cierto día,
Urdió el modo mejor con que saldría
De aquella pobre situación hambrienta[316]
Pues la necesidad todo lo inventa[317].
Esta vieja taimada
Métese entre la harina amontonada.
Alerta y con cautela,
Cual suele en la garita el centinela,
Espera ansiosa su feliz momento
Para la ejecución del pensamiento.
Llega el Ratón sin conocer su ruina,
Y mete el hociquillo entre la harina.
Entonces ella le echa de repente
La garra al cuello y al hocico el diente.
Con este nuevo ardid tan oportuno
Se los iba embuchando de uno en uno;
Y á merced de discurso tan extraño
Logró sacar su tripa de mal año.
Es un feliz ingenio interesante:
Él nos ayuda, si el poder nos deja;
Y al ver lo que pasó á la Comadreja,
¿Quién no aguzará el suyo en adelante?
FÁBULA XXV
El Lobo y el Perro.
En busca de alimento
Iba un Lobo muy flaco y muy hambriento.
Encontró con un Perro tan relleno,
Tan lucio, sano y bueno,
Que le dijo:—Yo extraño
Que estés de tan buen año,
Como se deja ver por tu semblante;
Cuando á mí, más pujante,
Más osado y sagaz, mi triste suerte
Me tiene hecho retrato de la muerte.
El Perro respondió:—Sin duda alguna
Lograrás, si tú quieres, mi fortuna.
Deja el bosque y el prado,
Retírate á poblado;
Servirás de portero
Á un rico caballero,
Sin otro afán ni más ocupaciones
Que defender la casa de ladrones.
—Acepto desde luego tu partido
Que para mucho más estoy curtido.
Así me libraré de la fatiga,
Á que el hambre me obliga,
De andar por montes sendereando peñas,
Trepando riscos y rompiendo breñas,
Sufriendo de los tiempos los rigores,
Lluvias, nieves, escarchas y calores.—
Á paso diligente
Marchaban juntos amigablemente,
Tratando varios puntos de confianza
Pertenecientes á llenar la panza[318].
En esto el Lobo por algún recelo,
Que comenzó á turbarle su consuelo,
Mirando al Perro dijo:—He reparado[319]
Que tienes el pescuezo algo pelado.
Díme, ¿qué es eso?—Nada.
—Dímelo por tu vida, camarada.—
No es más que la señal de la cadena;
Pero no me da pena,
Pues, aunque por inquieto,
Á ella estoy sujeto,
Me sueltan cuando comen mis señores.
Recíbenme á sus pies de mil amores:
Ya me tiran el pan, ya la tajada,
Y todo aquello que les desagrada:
Éste lo mal asado,
Aquél un hueso poco descarnado;
Y aun un glotón que todo se lo traga,
A lo menos me halaga,
Pasándome lo mano por el lomo;
Yo meneo la cola, callo y como.
—Todo eso es bueno, yo te lo confieso;
Pero por fin y postre tú estás preso,
Jamás sales de casa,
No puedes ver lo que en el pueblo pasa.
¿Es así? pues, amigo,
La amada libertad que yo consigo,
No he de trocarla de manera alguna
Por tu abundante y próspera fortuna.
Marcha, marcha á vivir encarcelado;
No serás envidiado
De quien pasea el campo libremente,
Aunque tú comas tan glotonamente,
Pan, tajadas y huesos, porque al cabo
No hay bocado en sazón para un esclavo[320].