Todos los Animales cada instante
Se quejaban á Júpiter tonante
De la misma manera
Que si fuese un alcalde de montera[372].
El dios (y con razón) amostazado,
Viéndose importunado,
Por dar fin de una vez á las querellas,
En lugar de sus rayos y centellas,
De recetor[373] envia desde el cielo
Al águila rapante, que de un vuelo
En la tierra juntó los animales,
Y expusieron en suma cosas tales[374]:
Pidió el León la astucia del Raposo,
Éste de aquél lo fuerte y valeroso;
Envidia la Paloma al Gallo fiero;
El Gallo á la Paloma en lo ligero;
Quiere el Sabueso patas más felices,
Y cuenta como nada sus narices.
El Galgo lo contrario solicita;
Y en fin (¡cosa inaudita!)
Los peces, de las ondas ya cansados,
Quieren poblar los bosques y los prados;
Y las bestias, dejando sus lugares,
Surcar las olas de los anchos mares.
Después de oírlo todo,
El Águila concluye de este modo:
—«¿Ves, maldita caterva impertinente,
Que entre tanto viviente
De uno y otro elemento,
Pues nadie está contento,
No se encuentra feliz ningún destino?
¿Pues para qué envidiar el del vecino[375]?»
Con solo este discurso
Aun el bruto mayor de aquel concurso
Se dió por convencido.
De modo que es sabido
Que ya sólo se matan los humanos
En[376] envidiar la suerte á sus hermanos.
FÁBULA XI
La Paloma.
Un pozo pintado vió
Una paloma sedienta[377]:
Tiróse á él tan violenta,
Que contra la tabla dió:
Del golpe al suelo cayó,
Y allí muere de contado.
De su apetito guiado.
Por no consultar al juicio,
Así vuela al precipicio
El hombre desenfrenado.
FÁBULA XII
El Chivo afeitado.
—Vaya una quisicosa:
Si aciertas, Juana hermosa,
Cuál es el animal más presumido,
Que rabia por hacerse distinguido
Entre sus semejantes,
Te he de regalar un par de guantes.
No es el pavón[378], ni el gallo,
Ni el león, ni el caballo,
Y así no me fatigues con demandas.—
¿Será tal vez... el mono?—Cerca le andas.—
¿El mico?—Que te quemas:
Pero no acertarás; no, no lo temas:
Déjalo, no te canses el caletre
Yo te diré cuál es: el Petimetre[379].
Este vano orgulloso
Pierde tiempo, doblones y reposo
En hacer distinguida su figura.
No para en los adornos su locura:
Hace estudio de gestos y de acciones
Á costa de violentas contorsiones.
De perfumes va siempre prevenido:
No quiere oler á hombre ni en descuido[380].
Que mire, marche ó hable,
En todo busca hacerse remarcable.[381]
Y ¿qué consigue? Lo que todo necio:
Cuanto más se distingue, más desprecio.
En la historia siguiente yo me fundo:
Un Chivo, como muchos en el mundo,
Vano extremadamente,
Se miraba al espejo de una fuente.
—«¡Qué lástima, decía,
Que esté mi juventud y lozanía
Por siempre disfrazada
Debajo de esta barba tan poblada!
Y ¿cuándo? cuando en todas las naciones
No tienen ni aun bigotes los varones;
Pues ya cuentan que son los moscovitas[382],
Si barbones ayer, hoy señoritas.
¡Qué cabrunos estilos tan groseros!
Á bien que estoy en tierra de barberos.»—
La historia fué en Tetuán, y todo el día
La barberil guitarra se sentía.
El Chivo fué guiado de su tono[383]
Á la tienda de un mono,
Barberillo afamado,
Que afeitó al señorito de contado.
Sale barbilampiño[384] á la campaña;
Al ver una figura tan extraña,
No hubo perro ni gato
Que no le hiciera burla al mentecato.
Los chivos le desprecian, de manera
Que no hay más que decir (¡quién lo creyera!)
Un respetable Macho
Dicen que se rió como un muchacho.