Sobre la Marquesa, que era débil — y, como todos los débiles, voluntariosa y despótica con sus subordinados, cuanto sufrida y dócil con los insolentes, — ejercia Doña Eufrasia un dominio incontrastable, á que se sometia la Marquesa con el placer que siente una persona religiosa en doblegar su voluntad á la de un santo director. Es cierto que en cosas caseras y económicas la Coronela, en vista de sus prácticos principios, poseia escelentes nociones; pero ahí se limitaba su saber y su aptitud, aunque ella no lo creia así, sino que sobre todo cuanto hay echaba sus fallos, como una nube sus granizos.

Como todo estraño que ejerce una influencia indebida sobre las cabezas de casa, era Doña Eufrasia temida y mal vista por todos los habitantes de la de la Marquesa, sobre todo por sus hijas, á las que solia proporcionar algunas filípicas de su madre, previniéndola mal contra ellas. Como todo el que siendo pobre, ignorante y viejo, no se pone en su lugar, á la sombra, era con razon este femenino rezago de la guerra de la Independencia un objeto de ridículo y tedio general; pero ella no lo notaba, y si se lo hubiesen dicho, no lo habria creido. Los que ciega el amor propio son como los que ciega la oftalmía: hay entre ellos ciegos finos y amañados, á los que un delicado tacto hace disimular su ceguera; y hay otros ciegos torpemente atrevidos, que andan con denuedo y alta frente, sin detenerse ni cuidarse de tropezar y chocar con cuanto se les pone delante. A esta categoría moral pertenecia la coronela Matamoros. Hay que añadir á este retrato daguerreotipado, que vestia ridiculísimamente, aunque sin pretensiones; porque conservaba un entrañable amor á los moños ajados, á las galas marchitas, á las modas añejas y á las alhajas de poco valor, pretendiendo con usarlas darse un aire madrileño. Gastaba peluca, pero una peluca de tales dimensiones y tan toscamente confeccionada, que no dejaba duda de que hubiese hecho su dueña una buena coracera. Como no era posible legitimar aquellos pelos espúreos, Doña Eufrasia se sacrificaba denodadamente en las aras de la verdad, confesando que era confeccionado aquel promontorio en calle de Francos, núm. 5; pero añadia en seguida con profunda conviccion, que habia perdido prematuramente su magnífica cabellera, por haber bebido en una alcarraza en que habia caido una salamanquesa. En fin, para dar el último toque á este retrato, diremos que esta señora habia hecho entre las gentes cultas que frecuentaba, acopio de términos escogidos, que pronunciaba y aplicaba desatinadamente. Consiguiente á las cosas referidas, en todas las casas que desfavorecia Doña Eufrasia, se la miraba como un censo irredimible, como una dolencia crónica, como un sobrestante inamovible, como una penitencia obligatoria, como una mala yerba indesarraigable, como una sanguijuela indesprendible; y sin embargo se la recibia bien; ¡tal es la indulgente tolerancia de nuestro trato!

La tolerancia llevada hasta sus últimos límites, esto es, hasta hacerse estensiva, no solo á gente sin educacion é inferiores en la jerarquía social, sino hasta á personas cuya conducta es mala ó deshonrosa con escándalo, es una falta de decoro y de distincion en la sociedad española, que con copiosos y justos argumentos censuran los estranjeros distinguidos.

En cuanto á nosotros, conociendo la justicia de los argumentos en que fundan su juicio, así como los grandes inconvenientes que tiene para el decoro y moralidad pública el que la sociedad abdique una prerogativa de censura y aun de proscripcion, que seria no solo un castigo justo, sino tambien un freno poderoso y útil, nos guardaremos no obstante de hostilizar á la sociedad por su tolerancia. ¡Así como es apática fuese benévola! Que no se llame amiga á la persona que no sea acreedora á ello, es conveniente, delicado y prudente; pero huir de su contacto, tirarle la piedra, hágalo el arrogante que por su omnipotencia se erija en juez, desatendiendo á la de Dios que nos impone ser hermanos.

Algunas anécdotas de esta famosa hija de Marte, acabarán de colocarla en su verdadera luz.

Tenia la Coronela aquella completa falta de delicadeza y susceptibilidad que deja el ánimo perfectamente tranquilo al recibir un desaire ó sufrir una burla á boca de jarro, y el libre uso de todas las facultades para replicar oportunamente. Así era que sus réplicas instantáneas y desvergonzadas eran temibles y tenian fama. Eran estas una disciplina rigorosa que habia sustituido á la militar, desde que, por desgracia del ejército, no formaba parte activa en él la veterana. Gloriábase de ello, repitiendo á menudo que no aguantaba ancas, ó bien que tenia malas pulgas, ó bien que no tenia pelos en la lengua, ó que á ella no se le quedaba nada por decir, ó que tenia tres pares de tacones, ó que quien la buscaba la hallaba, ó que la hija de su padre no se dejaba zapatear, coronando todas estas gracias con su frase favorita, que era asegurar que no moriria de cólico cerrado.

En una ocasion se presentó en un sarao, y bien fuese por alguna promesa de hábito de Jesus, ó por su pésimo gusto en vestir, ello es que apareció uniformemente equipada de morado de piés á cabeza.

El grupo que formaban las muchachas, al verla aparecer soplada como un navío á la vela, se quedó estático.

— ¡Ay! esclamó la una. Doña Eufrasia se ha caido en la caldera de un tintorero.

— ¡Qué! No hay caldera donde quepa ese medio mundo, dijo otra.