A Pablo le habia sido indicada la direccion que habia seguido Clemencia, cuando la voz que cundió de haberse desbandado un toro, alarmó la poblacion. Seguido del aperador del cortijo, ambos bien montados, cortó por campo atraviesa, para registrar el peligroso camino.
Llegaron en el momento en que el toro, incierto aun, vacilaba. Pablo se echó del caballo, cogió su capa, y saltó al camino, haciendo para el efecto hincapié en una escrescencia que tenia el tronco de uno de los pinos, con grave riesgo de lastimarse en su atrevido salto.
Presentó la capa al toro, que se paró al ver caer de repente ante sí aquel inesperado antagonista. El toro partió á él, y Pablo le lió con admirable tino y destreza su capa en las astas; y miéntras el animal cegado trabajaba por desasirse de ella, Pablo con vigor y rapidez, levantaba en alto á la anonadada Clemencia, que recibia el aperador en sus robustas manos; hacia lo mismo con las niñas, y se valia á su vez de la mano salvadora del fiel criado, para ponerse en salvo.
— ¡Pablo! esclamó Clemencia, prorumpiendo en un torrente de lágrimas.
— Calla, murmuró este á su oido.
Aun no habia pasado el peligro.
Siguió á estas palabras un profundo silencio, en que no se oian sino los resoplidos de la fiera, de la que solo les separaba el vallado, detras del cual batallaba por desprenderse de la capa. Una vez libre del estorbo que le cegaba, podria el toro en lugar de seguir adelante, retroceder y volver á hallarse en campo raso, á poca distancia de ellos.
Mas un ruido monótono y sonoro se oye de léjos en uniforme cadencia, y se viene acercando.
— ¡Somos salvos! murmuró Pablo al oido de Clemencia.
Eran los cencerros de los cabestros, que requeridos por el ganadero, venian á recoger al toro. Poco despues entraban en el callejon con su uniforme trote, y el toro, mas cuerdo que los hombres, los seguia, pesándole una emancipacion estéril, de que tan mal uso hacia, y que tan poca ventaja le reportaba.