— ¿Qué os han hecho los pobres esos?

— ¿Qué me han hecho? ¡pues no es nada! La descocada esa, que pide mucho y no agradece nada; y que es como la ballena que todo le cabe y nada le llena; si no se hace lo que pide á modo de apremio, se pone hecha un basilisco. Sábete que la tia sátira esa, porque no le libré de soldado á un sobrino suyo mas malo que Geta, se me desvergonzó en mis barbas, y á mis espaldas me puso mas bajo que un caño. Porque así sucede: hazme ciento, márrame una, y no me has hecho ninguna.

— Pero, padre, la pobrecita tiene tanto empeño...

— Y tú tambien, Malva-rosita: ¿no es eso? Vamos, que entre esa vision; aunque hacerle bien es lo mismo que lavar los piés á un burro.

Clemencia fué á avisar á la tia Latrana, que le dijo al verla venir:

— Por fin, señorita, vino su mercé: D. Martin no tuvo presente, «que hambre y esperar hacen rabiar.»

— Vaya, ¿qué se ofrece, pozo airon? preguntó D. Martin á la tia Latrana al verla entrar compungida. ¿A qué se viene Vd. amparando de mi hija? Vd. no necesita vejigas para nadar, ni mas padrino que su descaro.

— Señor, mi comadre la tia Machuca me envía aquí á decirle á su mercé que la probecita está muy malita; por si su mercé le quiere dar para un pucherito, respondió la vieja.

— ¿Viene Vd. á pedir para la tia Machuca? No lo estraño. Tal para cual; Pedro para Juan. Esa es otra pejiguera como Vd., y ambas peores que la Perala, que era cada dia mas mala.

— ¡Jesus, señor! que tiene su mercé hoy la lengua desbocaa. ¡Vea Vd.! ¡mi comadre que está mas recogida á buen vivir que una cuaresma!