— Ahora, dijo el cirujano, es preciso que se recoja y se le dé una sangria.
Se llevaron al paciente; Doña Brígida y Juana le habian precedido para aviar su lecho. Don Martin y Clemencia quedaron solos.
— Me cortaria la mano, dijo el primero, me la cortaria, sí ¡con tal que con el mismo cuchillo cortaran el pescuezo á esa maldita, remaldita vieja!
— No os apureis, padre, repuso Clemencia; pues dice el cirujano que no es cosa de cuidado.
— ¿Quién habia de pensar, prosiguió D. Martin, que esa cabeza de Pablo que yo creia mas dura que el peñon de Gibraltar, fuese mas tierna que una breva?
— ¡Pablo la cabeza dura, señor! esclamó Clemencia. Pablo, el mas condescendiente en su voluntad, Pablo, el mas pronto y apto á la comprension, ¿tener la cabeza dura? ¡Qué error, padre!
— Oye, Malva-rosita, quiéreme parecer que con la achocadura ha puesto Pablo contigo una pica en Flándes.
— Sí, sí, contestó sencilla y sinceramente Clemencia, no lo niego; lo que ha hecho es una noble y generosa accion.
— Malva-rosita, déjate de retumbancias, lo que ha hecho es una borricada. El dia aquel que se puso entre tí y el toro desbandado que se vino al camino, y le lió su capa en las astas, esa sí fué una guapeza de las que hacen los hombres de pro y los caballeros; pero salir á redentor de una pícara vieja desvergonzada, eso no lo hace sino D. Quijote de la Mancha, ó mi sobrino, que es cien veces mas Quijote que aquel.
D. Martin era de aquellos en cuya existencia entra la rutina, como primer agente motor; de esos que cuando una vez han hecho una cosa, la hacen todos los dias sin que se les ocurra hacer otra, y que cuando toman un tema lo siguen aunque su orígen haya caducado. Resultaba de esto que el tema que adoptó D. Martin en vista de la primera impresion que le causó su sobrino, habia llegado á ser inmutable, sin que el cambio que habia en Pablo llegase á modificarlo; y si le hubiesen querido demostrar que existia, habria dicho levantando los hombros: ¡Faramallas! ¿Me querrán hacer creer que pueda dar luces un eslabon de madera?