— ¿No te entra por el ojo el gachon? preguntó sonriendo su interlocutor: ¡ya se ve! mi hijo era mejor mozo; pero este te ha de dar mejor vida. Desengáñate, Pablo es un hombre como son los hombres, un hombre honrado; y quien dijo honrado, dijo caballero. Sabes que dice el Abad, que para tí es un oráculo, que es Pablo una prenda. ¿Qué le hace que no sepa estirarse los picos de la tirilla, hacer el rendibú á la francesa, que no se ponga potingues en la cabeza, ni se eche perfumes en los pañuelos como los mirlifiques de la ciudad, hato de monos, que mas miran en el espejo su repulida persona, que no á las buenas hembras; chisgarabises, que todos quieren ir á mangonear á las cortes,—¡por via de sanes! — sin tener donde caerse muertos, ni saber dónde tienen las narices? ¿Acaso crees tú, chiquilla, que aquellos arrapiezos, pollos piones, harian mejores maridos que Pablo?
— No, señor, padre; nunca he opinado eso, repuso Clemencia, porque nunca he pensado en novios ni en casamiento.
— Niña, eso no es razon; pues la mujer necesita sombra: cuando te falte la mia, quiero dejarte un árbol que te la dé buena. Sépaste que la mujer sola es como hoja sin tronco; el hombre solo es como árbol sin hoja. Si bien á Pablo le falta mucho para ser un real mozo, á bien, Malva-rosita, que te casaremos á la oracion; y que de noche todos los gatos son pardos.
Clemencia, que vió que su suegro se iba á esplayar en un terreno en que su elocuencia era clara como el agua y verde como el apio, se apresuró á interrumpirle diciéndole riendo:
— Padre, casamiento y mortaja, del cielo baja: ¿porqué os ha dado hoy por pensar en el porvenir, que no apremia? Tiempo hay para pensar en eso.
— Pues qué, ¿acaso quieres, niña, que sea tu casamiento como el del tio Porra, que duró treinta años y no llegó la hora?
— ¿No me habeis dicho siempre: Antes que te cases, mira lo que haces?—¿Porqué de repente quereis que me case? ¿Porqué os habeis metido hoy de repente á casamentero?
— ¡Tómate esa y vuelve por otra! esclamó D. Martin. ¿Porqué?... Porque soy tu padre, tio de aquel, dueño de mi caudal, y quiero saber en qué manos le dejo; que deseo sean precisamente las vuestras. Te hablo de casamiento por mirar por tu conveniencia, y porque ese casamiento es vuestro bienestar mutuo; lo digo porque lo deseo, y porque no te has de pasar toda tu vida sola como el espárrago.
La pobre Clemencia estaba llena de angustia; sentia un escesivo alejamiento respecto al enlace que le proponian; pero echándose en cara ese inmotivado sentimiento de desvío como un capricho poco cuerdo, como una indocilidad sin disculpa, contestó la suave jóven:
— Cuanto me pidais haré á ojos cerrados.