— Señor, considerad, dijo Pablo con firmeza, que en ninguna cosa debe el hombre someterse ménos á sugestiones ajenas que en punto á su casamiento.
D. Martin calló; no estaba convencido; pero por otro lado no concebia que pudiese existir otro móvil para la estraña conducta que observaba Pablo.
— ¡Vea Vd., — pensaba, — un moceton como un trinquete, un jastial como un loma, un gran largo como un pino, darla de enclenque y echarla de Licenciado Vidriera! Meterse en la chola que está ético, con unas espaldas como una plaza de armas, y un pecho como un palomo buchon! ¡Tal manía! Aquí hay intringulis. ¿A qué le quito las aprensiones, le saco la puya al trompo y se descubre el busílis?
Y así el despótico y obstinado señor volvió al combate con nuevas armas.
— Yo habia pensado, dijo, que de la manera que te he indicado se arreglaria todo lo perteneciente á mi herencia. Pero puesto que ahora salimos con que tú, que yo creia robusto como un roble, tú que yo creia un Bernardo, eres un sibibil, estás achacoso como una monja, aprensivo como una vieja, y no puedes tomar estado por temor de que los hijos que tengas sean unos cangallos, ten entendido que siendo Clemencia mi nuera, á quien quiero como á hija, le dejo, — por justicia que á ello me obliga, y por cariño que á ello me induce, — no solo cuanto libre tengo, sino la mitad del mayorazgo, de la que por la ley de ahora puedo disponer.
Pablo respiró libremente al ver la cuestion traida sobre este terreno.
— Tio, señor, esclamó con espansion, nada mas justo, natural y debido. Si no hubieseis pensado en ello, yo os lo habria recordado, y os hubiese rogado que lo hicierais.
Léjos de apreciar la generosidad que demostraba la respuesta de Pablo, D. Martin ya contrariado, y ahora vencido hasta en sus últimos atrincheramientos, se encolerizó creyendo que el despecho llevaba á Pablo á hacer alarde de una indiferencia despreciativa por la herencia que debia dejarle; así fué que le dirigió exasperado esta amenaza:
— Es que quizas me sea fácil, hoy que todo anda manga por hombro, sacar cédula real para dejárselo todo.
— ¡Ojalá y lo hagais! respondió Pablo con una benévola sinceridad que dejó á D. Martin confundido, puesto que no sospechaba el móvil de la conducta de su sobrino, y que aun dado caso que lo hubiese sospechado, no lo habria creido, no alcanzando á comprender el buen señor que por amor se renunciase al amor.