— ¿Yo coche, señor? Si los aborrezco, lo sabeis. No, no penseis en eso.
— Pues será para moños.
— Señor, sabeis que no me gustan.
— Pues para brocados, como te mereces.
— Señor, Calderon dice: el cuerpo lo viste el oro, pero el alma la nobleza.
— Pero no dice, y debia decirlo, que el alma vestida de nobleza está mejor en un cuerpo vestido de oro, que no en uno vestido de guiñapos, ¿estás, Mari-sabidilla?... qué te nos vienes con testos de escritura. Así tendrás dinero, y lo tendrás, sí, para otra cosa no, para echarlo por la ventana. ¿Si tendré yo, añadió entre dientes, que cargar con mi herencia para el otro mundo? ¡Caracoles!
CAPITULO IX.
D. Martin, no pudiendo contenerse por mas tiempo, le dijo un dia que estaban solos, á su mujer:
— Brígida, mujer, ¿querrás creer que habia pensado que ese zonzon de Pablo se casase con la niña, y que esta puso mala cara cuando se lo dije, y que ese menguado, desamoretado, frondío, que nunca está en sazon, ha dicho que no?
— Hubiéraslo pensado, Martin, contestó esta.