Los hombres se acercaron.
— Pelona, tráeme una cuchara, prosiguió D. Martin dirigiéndose á una chiquilla, veterana ya en la compañía de intrusos que reforzaban la guarnicion de la casa del rico mayorazgo.
La cuchara fué traida por el aire; pues la paciencia de don Martin era el mínimum de la dósis repartido á los mortales. Metióla el señor en el caldero que llenaban garbanzos, y por ser dia de Pascua, unos cabritos cortados á pedazos. Despues de haber gustado su contenido, meneó la cabeza y dijo: Que venga la cocinera.
— Oye, comadre estropajo, triste fregona, le apostrofó su amo al verla venir, ¿te has figurado tú que se me han quemado los olivares?
— No, señor; ¿porqué me dice su merced eso?
— Porque este guiso tiene el aceite que parece que se lo has echado por el amor de Dios. Y díme: ¿por ventura se ha cerrado el alfolí en Villa-María?
— No, que yo sepa, señor.
— Pues entónces, reina del soplador, ¿cómo es que está el guiso este mas soso que tú?
Todos se echaron á reir, y la cocinera se fué corrida.
Entróse á la sazon, como Pedro por su casa, la tia Latrana con garbo y desembarazo.