Si alguien entraba, Sir George era otro hombre; el que un momento ántes atraia con su gracia y amenidad, rechazaba ahora por aquel entono, aquella morgue, como dicen los franceses, tan propia de aquellos que entre la aristocracia inglesa creen que para alzarse no hay mejor medio que el de rebajar á los demas. Rechazaba igualmente por la constante ironía, tan del gusto de la época, que muchos, que tenian entera buena fe, no siempre comprendian, pero que aun sin alcanzar toda su hiel, á nadie dejaba satisfecho. Complacíase en diferenciarse de los demas: así era que demostraba la mayor indiferencia por lo que interesaba ó entusiasmaba á todos, y se ocupaba en seguida de puerilidades que á nadie llamaban la atencion: por lo cual nunca celebraba la Catedral, ni el Alcázar, ni la Lonja, ni los cuadros de Murillo; pero se entusiasmaba con los bonitos puestos de agua, para chafar el sensato ajeno sentir con tan usadas como socorridas paradojas.

Una noche mas que nunca habia sido amena y animada la conversacion de Clemencia y de Sir George, vivificada con aquel delicioso sentimiento que ambos abrigaban de agradarse mutuamente; conviccion que cual un benéfico genio parece soplar sobre el fuego de nuestro entendimiento para hacerlo brillar en vivas llamaradas, produciendo en los ánimos ese enjouement, como llaman los franceses á un estado de inocente, pura y alegre escitacion. En él se mezclaba el amor sin nombrarse, como se oye en un jardin la melodía de una música oculta en la enramada. Sir George le descubria; Clemencia le ignoraba aun.

— Clemencia, dijo Sir George con sincero entusiasmo; entre la niña que encanta y el hada que admira, hay un ser encantador, — y es la mujer que se ama. ¿No preferís el serlo á los otros seres que alternativamente sois?

— Sir George, contestó Clemencia, no concibo la felicidad de ser amada, á no ser por un solo hombre.

— ¿Qué hombre, Clemencia?

— El que yo amase.

— Sois quizas la única mujer á quien esto sucede.

— ¿Esto es decir que soy original? repuso Clemencia volviendo á su tono festivo; ved, pues, la verdad de uno de los evangelios chicos de mi padre: no es la fortuna para quien la busca, sino para quien la encuentra.

— ¿Y vos no quereis amar, Clemencia? ¿Habeis quizas hecho un voto que os lo impida?

— No señor; pero el amar ó no amar, no consiste en querer ó no querer amar.