— No es por eso; pero está mala la noche: oid como gime el viento en el cañon de la chimenea.
El Vizconde se levantó y se despidió, saludando, sin hablar una palabra.
D. Galo se habia levantado y pegado el rostro á los cristales, interceptando con ambas manos la luz del reverbero que le deslumbraba, y observaba la noche.
— ¿Con que no quereis que os acompañe, Clemencia? preguntó Sir George, volviendo á tomar su tono natural, ameno y cariñoso.
— No señor, preciso es decirlo, pues no os basta, como al Vizconde, que lo demuestre.
— Gracias, señora, dijo friamente Sir George.
— Esto no merece ni agradecerse ni sentirse: los miramientos dirigen las acciones de una mujer, así como las simpatías sus sentimientos.
— Pues... ¿no deciais ahora poco que la independencia moral de las españolas no sufria andaderas?
— Sí señor; pero el tacto de una mujer consiste en graduar lo que son trabas, y lo que son santos yugos.
— Clemencita, dijo D. Galo, la noche está hermosa, todas las estrellas están en el cielo ménos dos.