— Clemencia, ¿estáis triste ó preocupada? dijo por tercera vez D. Galo con inquietud: ¿os duele la cabeza?

— No señor, contestó Clemencia sonriendo, si hablo ménos que otras noches, es porque escucho mas; no hay otra causa.

Sir George, primero que ninguno, y mucho ántes que lo tenia de costumbre, se retiró por conocer cuán penosa era la situacion de Clemencia; pues el hombre refinado en cosas de mundo y de delicadeza, aun cuando no ame con pasion, sabe con fino tacto hacer cuanto es grato y lisonjea á la mujer á quien pretende agradar; puesto que la delicadeza, aun la adquirida en la esfera aristocrática del trato, tiene sutilezas tan esquisitas y tan dulces, que pueden equivocarse con las emanaciones del corazon, como un bien pulido cristal con un brillante.

Clemencia sintió al ausentarse Sir George, un profundo sentimiento de bienestar y de gratitud hácia él, así como lo habia previsto este al irse.

Apénas se fueron las personas que acompañaban á Clemencia y esta se halló sola, cuando vió entrar á Sir George.

Clemencia lanzó un sofocado grito de sorpresa.

— ¡Oh! ¡no me riñais! esclamó arrodillándose á sus piés Sir George; perdonad, perdonad. No he salido de vuestra casa; aburrido, fastidiado de esa mujer, que cual una pesada nube ante el sol, se interponia entre vos y yo: me alejé, entré en la galería que precede á los estrados, y allí pensando en vos, Clemencia, solo y sin importunos he aguardado este momento, para desearos sin testigos una noche tranquila. Nadie me ha visto, no temais.

— Es, repuso Clemencia agitada, que no se trata de si os han visto ó no os han visto, sino de lo que habeis hecho: os habeis escondido...

— ¡Oh! ¡no, Clemencia, no! No deis mal nombre á una accion sencilla, pues lo que he hecho es solo alejarme de la sombra que se interponia entre vos y yo.

— Sin mi consentimiento...