— Pero señor, en Inglaterra...

— No digo que no, señora; pero hay un puente que pasar, hecho de tantos millones, como esprimidos nos tienen todos vuestros banqueros.

— Lo que teneis, Sir George, es un orgullo demasiado tosco para poder siquiera jactarse de fundarse sobre una base intelectual.

— El orgullo, señora, es una coraza que miéntras mas tosca, como llamais al nuestro, es mas fuerte; es ademas una buena arma defensiva.

— Y ofensiva tambien, Sir George, y agresiva... y tan ufana por herir, que á veces para lograrlo, coloca al que la usa en muy desventajosa posicion y en muy mala luz. Pero vos, señor, continuó Clemencia con alguna susceptibilidad, vos que formais parte de ese Olimpo aristocrático, ¿porqué bajais de él y dejais sus diosas para solicitarme á mí, pobre anticulta española?

— Clemencia, respondió riendo Sir George, todas las mujeres entran de hecho y de derecho cuando son bellas, en todo Olimpo. Mas vos entrariais con todos los derechos; lo que yo quisiera es, que no tuvieseis ninguno, para abriros, como el ángel á la Peri en el poema de Moore, si no el Paraíso, ese Olimpo, como vos decís, no por una lágrima, — sabeis que las aborrezco, — sino por una sonrisa. Pero decidme, ¿habeis concluido el catálogo de esos goces parvulitos que tanto encomiais?

Clemencia calló un rato.

— ¿No habeis gozado nunca con los consoladores y exaltados sentimientos religiosos? dijo al fin con el alma en sus dulces y serenos ojos.

— No hablemos de religion, Clemencia.

— ¿Y porqué? Aguardo con viva curiosidad la respuesta.