— Os prometo indicaros la primera gran necesidad que se me presente; en este momento no sé de ninguna perentoria. Ahora sí, lo que os voy á pedir, — en vista de que Dios pone á los pobres ante nuestros ojos, para recordarnos á cada paso la obligacion que tenemos de socorrerlos, así como para mover nuestros corazones á lástima, — es que deis mañana limosna al pobre mas infeliz que halleis.

— ¿Os complazco en ello?

— Sí.

— ¿Es una órden?

— No, una súplica.

— Es lo mismo.

— Prefiero la complacencia á la obediencia.

— ¿Pero para qué lo deseais?

— Para que me digais despues si habeis ó no hallado un placer en hacerlo.

— Desde luego os aseguro que es mayor el que tendré en complaceros, que cualquiera otro que pudiese proporcionarme lo que de mí exijais.