— Clemencia, contestó Sir George con jovial sinceridad, solo un estudiante acabado de salir del colegio os sostendria lo contrario. El amor, que es lo mas transitorio de la vida, es cabalmente lo que mas pretensiones tiene á la inmortalidad; los amantes vulgares son los que tienen la romancesca candidez de jurarse ese eterno amor, esa utopia, ese mito, ese fénix, esa creacion fantástica.

— Si el amor es tan efímero, si es un castillo de naipes que el primer soplo del tiempo derriba, cuando ya no me ameis, ¿qué será de esa felicidad que fundais en amarme?

— Cuando ya no os ame, respondió Sir George en tono ligero, vous m’amuserez, me entretendréis con esa gracia, ese talento, esa originalidad, ese chiste, esa alegría que os son esclusivamente propias, y que os dan el encantador privilegio de interesarme, sorprenderme, entretenerme, y alegrarme.

— ¿No entrais en cuenta mis virtudes, si es que creeis que algunas tengo?

— ¡Virtudes... ese es otro programa! contestó Sir George, que respeto mucho, pero que pienso que modifiqueis en mi obsequio; pues hay algunas virtudes por demas pueriles, Clemencia, que dan en la alta sociedad cierto ridículo; y otras por demas severas, que hacen intolerantes, y la tolerancia es la gran necesidad del siglo; por consiguiente, mi querida Lady Percy, haremos algunas rebajas económicas en el presupuesto de virtudes.

— Entre estas, supongo que será la primera la constancia.

— Clemencia, acordáos de las cartas sobre Lóndres del Príncipe Pückler Muscau, ese aristocrático escritor, cuando describe el sello que halló sobre la mesa de una de nuestras reinas de la moda, cuyo lema era tout passe, tout casse, tout lasse; y no querais hacer de la vida real un idilio ó una leyenda de Santos, sino impregnaos de las ideas y sentimientos del mundo en que vais á entrar.

— ¿Qué mundo?

— El gran mundo de la sociedad de Paris y Lóndres, que es el único teatro en que seréis apreciada todo lo que valeis. ¿Por ventura habeis pensado vegetar siempre aquí? ¿Aquí donde no os comprenden siquiera?

— Si no me comprenden, me sienten, lo que es muy preferible; esclamó Clemencia. Si mi nunca olvidado tio sembró en mi inteligencia flores que han florecido, tambien me dijo que era para que me hiciesen gozar, y no para lucirlas, y que era mas grato el perfume que sin procurarlo exhalaban teniéndolas ocultas. Os engañais, pues, si creeis que vegeto. ¡Oh! ¡yo vivo! vivo con el alma y el corazon, vivo con cuanto da de sí una existencia cumplida. ¿Acaso, Sir George, llamais vida al ruido, á la vanidad, al bullicio? Y si es así, ¿cómo es que la huís? será que no os satisface.