— Marquesa, esto resulta de juzgar nosotros por nuestro sentir el sentir ajeno.
— ¡Como que la sana razon no puede concebir los caprichos y dislates de la sinrazon!...
— Es que la sana razon debe saber que no todos la tienen.
— Pero ¿no habria modo de forzar á esa terca alucinada á desistir de su manía y á ceder á la razon?
— Ninguno, Marquesa; y si lo hubiese, no aconsejaria yo adoptarlo.
— ¿Y porqué?
— Porque la autoridad paterna tiene sus límites; porque tomaria Vd. sobre sí una inmensa responsabilidad.
— ¡Palabrotas, palabrotas!... Cuando pasa la edad de los caprichos, todas las felicidades se parecen, y tienen unas mismas condiciones y unos mismos cimientos.
— Si eso se comprendiese á los diez y ocho años, no habria juventud, Marquesa.
— A todo halla Vd. un apodo altisonante, D. Silvestre: á las locuras, el de juventud; á las niñas, el de perlas. No parece sino que está Vd. siempre leyendo versos ó novelas, Vd. que en su vida abre un libro (y hace Vd. muy bien, eso es otra cosa). Yo, que llamo al pan pan y al vino vino, le digo que á mí sola, y solo á mí, suceden estas cosas; solo yo tengo hijas por el estilo de las mias. ¿Qué haré?... No me queda mas que escribir á mi hermana y contarle lo que pasa, para que arbitre el medio de dar un corte á esto, y disponga lo que se ha de hacer.