— ¡No puede ser! esclamó.
— No sé por qué, repuso la reveladora.
— No lo creo.
— Pues no lo creas; el creer pende de la voluntad...
— ¡Si nada he notado!...
— Eso es lo que yo te decia.
— ¿En qué ha pensado esa niña?
— En lo que piensan los que se enamoran.
— ¡Seria una insensatez!...
— Razon mas para que lo hiciese.