—¡Dios mío, señor duque!
—¿Me conoce usted?—preguntó el duque; porque en efecto, la persona que Stein había reconocido era el duque de Almansa—. ¿Me conoce usted?—repitió alzando la cabeza, y fijando en Stein sus grandes ojos negros, sin poder caer en quién era el que le dirigía la palabra.
—¡No se acuerda de mí!—murmuró Stein, mientras que dos gruesas lágrimas corrían por sus mejillas—. No es extraño: las almas generosas olvidan el bien que hacen, como las agradecidas conservan eternamente en la memoria el que reciben.
—¡Mal principio!—dijo uno de los concurrentes—. Un cirujano que llora; ¡estamos bien!
—¡Qué desgraciada casualidad!—añadió otro.
—Señor doctor—dijo el duque a Stein—, en vuestras manos me pongo. Confío en Dios, en vos y en mi buena estrella. Manos a la obra, y no perdamos tiempo.
Al oír estas palabras, Stein levantó la cabeza; su rostro quedó perfectamente sereno, y con un ademán modesto, pero imperativo y firme, alejó a los circunstantes. En seguida examinó al paciente con mano hábil y práctica en este género de operaciones; todo con tanta seguridad y destreza, que todos callaron, y sólo se oía en la pieza el ruido de la agitada respiración del paciente.
—El señor duque—dijo el cirujano, después de haber concluido su examen—tiene el tobillo dislocado y la pierna rota, sin duda por haber cargado en ella todo el peso del caballo. Sin embargo, creo que puedo responder de la completa curación.
—¿Quedaré cojo?—preguntó el duque.
—Me parece que puedo asegurar que no.