—Deseo a vuestra excelencia—dijo—un felicísimo viaje, y que encuentre a mi señora la duquesa y a toda su familia en la más cumplida salud; y me tomo la libertad de suplicar a vuestra excelencia se sirva poner en manos del señor ministro de Guerra esta representación relativa al fuerte que tengo la honra de mandar. Vuestra excelencia ha podido convencerse por sí mismo de cuán urgentes son los reparos que el castillo de San Cristóbal necesita, especialmente hablándose de guerra con el emperador de Marruecos.
—Mi querido don Modesto—contestó el duque—, no me atrevo a responder del éxito de esa solicitud, más bien le aconsejaría que pusiera una cruz en las almenas del fuerte, como se pone sobre una sepultura. Pero en cambio, prometo a usted conseguir que se le faciliten algunas pagas atrasadas.
Esta agradable promesa no fue parte a borrar la triste impresión que había hecho en el comandante la especie de sentencia de muerte pronunciada por el duque sobre su fuerte.
—Entre tanto—continuó el duque—, suplico a usted que acepte como recuerdo de un amigo...
Y diciendo esto, indicó una silla inmediata.
¿Cuál no sería la sorpresa de aquel excelente hombre al ver expuesto sobre una silla un uniforme completo, nuevo, brillante, con unas charreteras dignas de adornar los hombros del primer capitán del siglo? Don Modesto, como era natural, quedó confuso, atónito, deslumbrado al ver tanto esplendor y tanta magnificencia.
—Espero—dijo el duque—, señor comandante, que viva usted bastantes años, para que le dure ese uniforme otro tanto, cuando menos, como su predecesor.
—¡Ah! señor excelentísimo—contestó don Modesto, recobrando poco a poco el uso de la palabra—; ¡esto es demasiado para mí!
—Nada de eso, nada de eso—respondió el duque—. ¡Cuántos hay que usan uniformes más lujosos que ese sin merecerlo tanto! Sé, además—continuó—, que tiene usted una amiga, una excelente patrona, y que no le pesaría llevarle un recuerdo. Hágame el favor de poner en sus manos esta fineza.
Era un rosario de filigrana de oro y coral.