—Madre—decía Manuel, conmovido al presenciar el llanto de la buena mujer—, si llora usted ahora a jarrillas, ¿qué haría si me muriera yo?

—No lloraría, hijo de mi corazón—respondió la madre, sonriendo en medio de su llanto—. No tendría tiempo para llorar tu muerte.

Vinieron las caballerías. Stein se arrojó en los brazos de la tía María.

—No nos eche usted en olvido, don Federico—dijo sollozando la buena anciana—. ¡Vuelva usted!

—Si no vuelvo—respondió este—, será porque habré muerto.

El duque había dispuesto que Marisalada montase apresuradamente en la mula que se le había destinado, a fin de sustraerla a tan penosa despedida. El animal rompió al trote; siguiéronla los otros, y toda la comitiva desapareció muy en breve detrás del ángulo del convento.

El pobre padre tenía los brazos extendidos hacia su hija.

—¡No la veré más!—gritó sofocado, dejando caer el rostro en las gradas de la cruz.

Los viajeros proseguían apresurando el trote. Stein, al llegar al Calvario, desahogó la aflicción que le oprimía, dirigiendo una ferviente oración al Señor del Socorro, cuyo benigno influjo se esparcía en toda aquella comarca como la luz en torno del astro que la dispensa.

Rosa Mística estaba en su ventana cuando los viajeros atravesaron la plaza del pueblo.