—¿Sobre qué está disputando mi hermano?—preguntó la marquesa, que, distraída hasta entonces por el juego, no había tomado parte en la conversación.

—Mi tío—dijo un oficial joven que había entrado calmadito y sentándose cerca del duque—, mi tío está predicando una cruzada contra la música. Ha declarado la guerra a los andantes, proscribe los moderatos y no da cuartel ni a los allegros.

—¡Querido Rafael!—exclamó el duque abrazando al oficial, que era pariente suyo, y a quien tenía mucho afecto. Era este pequeño, pero de persona fina, bien formada y airosa; su cara, de las que se dice que son demasiado bonitas para hombres.

—¡Y yo!—respondió el oficial, apretando en sus manos las del duque—; ¡yo que me habría dejado cortar las dos piernas por evitaros los malos ratos que habéis pasado! Pero estamos hablando de la ópera, y no quiero cantar en tono de melodrama.

—Bien pensado—dijo el duque—; y más valdrá que me cuentes lo que ha pasado aquí durante mi ausencia. ¿Qué se dice?

—Que mi prima la condesa de Algar—dijo Rafael—es la perla de las sevillanas.

—Pregunto lo que hay de nuevo—repuso el duque—y no lo sabido.

—Señor duque—continuó Rafael—, Salomón ha dicho, y muchos sabios (y yo entre ellos) han repetido, que nada hay nuevo debajo de la capa azul del cielo.

—¡Ojalá fuera cierto!—dijo el general suspirando—; pero mi sobrino Rafael Arias es una contradicción viva de su axioma. Siempre nos trae caras nuevas a la tertulia, y eso es insoportable.

—Ya está mi tío—dijo Rafael—esgrimiendo la espada contra los extranjeros. El extranjero es el bu del general Santa María. Señor duque, si no me hubierais nombrado ayudante vuestro, cuando erais ministro de Guerra, no habría contraído tantas relaciones con los diplomáticos extranjeros de Madrid y no me estarían quemando la sangre con cartas de recomendación. ¿Creéis, tío, que me divierte mucho el servir de cicerone, como lo estoy haciendo desde que vine a Sevilla, con todo viandante?