—Se distraen los jugadores—dijo Rita—; y si no, ved vuestros naipes. Oros van jugados y ya ibais a hacer un renuncio por echarme una peluca.
Durante este diálogo, Rafael se había sentado detrás de su prima y le decía al oído:
—Rita, ¿cuándo pido la dispensa?
—Cuando yo te avise—contestó sin volverle la cara.
—¿Y qué he de hacer para merecer que llegue ese venturoso instante?
—Encomendarte a mi santa, que es abogada de imposibles.
—Cruel, algún día te arrepentirás de haber rechazado mi blanca mano. Pierdes el mejor y el más agradecido de los maridos.
—Y tú la peor y la más ingrata de las mujeres.
—Escucha, Rita—continuó Arias—; ¿tiene nuestro tío, que está enfrente de nosotros, alguna custodia en la cabeza, que te impide volver la cara a quien te habla?
—Tengo una torcedura en el pescuezo.