—Esto es que deseas que me vaya. Ya se ve, ¡como Luis Barajas es tan celoso!
—¡Celoso de ti!—respondió su prima, lanzando una de sus carcajadas repentinas—: tan celoso está de ti como del inglés gordo.
—Gracias por la comparación, amable primita; y ¡adiós para siempre!
—¡La del humo!—respondió Rita sin volver la cara.
Rafael se levantó furioso.
—¿Qué tenéis, Rafael?—le preguntó en tono lánguido una joven, al pasar delante de ella.
Esta nueva interlocutora acababa de llegar de Madrid, adonde un pleito de consideración había exigido la presencia de su padre. Volvía de esta expedición completamente modernizada; tan rabiosamente inoculada en lo que se ha dado en llamar buen tono extranjero, que se había hecho insoportablemente ridícula. Su ocupación incesante era leer; pero novelas casi todas francesas. Profesaba hacia la moda una especie de culto; adoraba la música y despreciaba todo lo que era español.
Al oír Rafael la pregunta que se le dirigía, procuró serenarse y respondió:
—Eloisita, tengo un día más que ayer y uno menos de vida.
—Ya sé lo que tenéis, Arias; y conozco cuanto sufrís.