—Vengo a pediros un favor: ¿me lo negaréis, María?
—¿Qué es lo que podremos negaros?—se apresuró a contestar Stein.
—Pues bien, María—continuó el duque—, he prometido a una íntima amiga mía que iríais a cantar a su casa.
María no respondió.
—Sin duda que irá—dijo Stein. María no ha recibido del cielo un don tan precioso como su voz, sin contraer la obligación de hacer participar a otros de esa gracia.
—Estamos, pues, convenidos—prosiguió el duque. Y ya que Stein es tan diestro en el piano como en la flauta, tendréis uno a vuestra disposición esta tarde, así como una colección de las mejores piezas de ópera modernas. Así podréis escoger las que más os agraden y repasarlas; porque es preciso que María triunfe y se cubra de gloria. De eso depende su fama de cantatriz.
Al oír estas últimas palabras, los ojos de María se animaron.
—¿Cantaréis, María?—le preguntó el duque.
—¿Y por qué no?—respondió esta.
—Ya sé—dijo el duque—que habéis visto muchas de las buenas cosas que encierra Sevilla. Stein vive de entusiasmo y ya sabe de memoria a Ceán, Ponz y Zúñiga. Pero lo que no habéis visto es una corrida de toros. Aquí quedan billetes para la de esta tarde. Estaréis cerca de mí, porque quiero ver la impresión que os causa este espectáculo.