—¡Por Dios, señora!—exclamó la del candil—. ¿Dónde va usted a poner aquí a un moribundo?

—Hija—respondió la anciana—, si no hay otro lugar en que ponerle, será en mi propia cama.

—¿Y va usted a meterle en casa—repuso la otra—, sin saber siquiera quién es?

—¿Qué importa?—dijo la anciana—. ¿No sabes el refrán: haz bien y no mires a quién? Vamos: ayúdame, y manos a la obra.

Dolores obedeció con celo y temor a un tiempo.

—Cuando venga Manuel—decía—, quiera Dios que no tengamos alguna desazón.

—¡Tendría que ver!—respondió la buena anciana—, ¡No faltaba más sino que un hijo tuviese que decir a lo que su madre dispone!

Entre los tres llevaron a Stein al cuarto del hermano Gabriel. Con paja fresca y una enorme y lanuda zalea se armó al instante una buena cama. La tía María sacó del arca un par de sábanas no muy finas, pero limpias, y una manta de lana.

Fray Gabriel quiso ceder su almohada, a lo que se opuso la tía María, diciendo que ella tenía dos, y podía muy bien dormir con una sola. Stein no tardó en ser desnudado y metido en la cama.

Entre tanto se oían golpes repetidos a la puerta.