«Señor—respondió el soldado—, he visto a vuestra majestad salir solo del campo, e inferí su intento; he temido algún lazo y he venido a defender a su persona.»
«¿Solo?», preguntó el rey.
«Señor—continuó el soldado—, ¿vuestra majestad y yo, acaso no bastamos para doscientos moros?»
«Saliste de mis reales soldado—dijo el rey—y entras en ellos duque de Alba.»
—Ya veis, don Federico—dijo Rafael—, que esa leyenda popular arregla desafíos a medianoche y crea duques a pedir de boca.
—Calla por Dios, Rafael—dijo la condesa—, y déjanos esta creencia, pues me gusta esa etimología.
—Sí—respondió Rafael—; pero el duque de Alba no le agradecerá a tu madre la ilustración que quiere darle. Ahora veréis lo que hay en el asunto.
Diciendo estas palabras y echando a correr Rafael, volvió muy pronto con un libro en folio y en pergamino, que sacó de la librería del conde.
—He aquí—dijo—la creación, privilegios y antigüedad de los títulos de Castilla, por don José Berni y Catalá, abogado de los Reales Consejos. Página 140. «Conde de Alba, hoy día duque. El primer fue don Fernando Álvarez de Toledo, creado conde de Alba por Juan II, 1439. Don Enrique IV lo hizo duque en 1469. Esta ilustre y excelsa familia es de sangre real y ha tenido los primeros empleos de España en guerra y en política. El duque mandó todo el ejército en la conquista de Flandes y en la de Portugal, donde hizo maravillas. Esta ilustrísima familia tiene tanto lustre y tantos méritos, que para enumerarlos sería necesario escribir volúmenes.» Ya veis, tía, que la historia que nos habéis contado, aunque muy propagada, es apócrifa.
—No sé lo que quiere decir—continuó la marquesa—, esa palabra griega o francesa; pero volviendo a los Santas Marías, este nombre les fue dado con motivo de...