—Y que la reina te va a crear Marqués de Itálica[28]—dijo otra.

—Y que están gastadas las losas del Alcázar con tus botas.

—Y que el San Félix de Murillo te conoce de vista, y te da la bendición cuando te ve llegar con un nuevo admirador.

—Señoritas—exclamó Rafael—, ¿es esta una declaración de guerra, una conspiración? ¿En qué quedamos?

Entonces siguieron todas interpelándole como un fuego graneado.

—¡Jesús, Arias, oléis a carbón de piedra! Rafael, mira que cuando hablas, tienes dejo. Arias, se os ha pegado el desgavilo. Arias, te vas volviendo rubio. Rafael, cántale al barón:

Cuando el rey de Francia
toca el violín,
dicen los franceses
Uí, uí, Uí, Uí, uí.

—Arias—dijo Polo—, parecéis un oso en medio de un enjambre de abejas.

—La comparación—respondió Arias—no es muy poética, para ser de un discípulo de las nueve solteronas. Apolo recusará ser tocayo vuestro. Pero quedaos como la rosa entre estas abejas, prodigándoles los raudales de vuestra miel hiblea, mientras yo voy por un paraguas que me preserve del aguacero.

En este momento, los tertulianos, que estaban reunidos junto a la puerta del patio, hicieron calle para dejar entrar a María, a quien el duque conducía por la mano; Stein los seguía.