—Será preciso—dijo Rafael—grabar en su tumba el epitafio que los portugueses hicieron para su célebre cantor Madureira.

Aqui yaz ó senhor de Madureira,
o melhor cantor do mundo:
que morreu porque Deus quiseira,
que si non quiseira naon morreira;
e por que lo necesitó nasua capella,
díjole Deus: canta. ¡Cantou cosa bella!
Dijo Deus á os anjos: id vos á pradeira,
Que melhor canta ó senhor de Madureira.

—Rafael—dijo la condesa—, mofador eterno, ¿quién se escapa de tus tijeras? Voy a mandar hacer tu retrato en figura de pájaro burlón, como se ha hecho el de Paul de Kock en forma de gallo.

—De esa suerte—repuso Rafael al irse—haré una Arpía masculina, lo cual tendrá la ventaja de que se pueda propagar la casta.

Capítulo XXII

Había pasado el verano y era llegado septiembre; los días conservaban aún el calor del verano, pero las noches eran ya largas y frescas. Serían las nueve y aún no había en la tertulia de la condesa sino las personas más allegadas y de mayor confianza, cuando entró Eloísa.

—Toma asiento en el sofá, a mi lado—le dijo la dueña de la casa.

—Te lo agradezco, Gracia; pero vuestros sofás de aquí, son muebles rellenos de estopas o crin: son de lo más duro e inconfortable que darse puede.

—Así son más frescos, hija mía—dijo Rita, a cuyo lado se había sentado Eloísa en una estudiada postura.

—¿Sabéis lo que se dice?—dijo a esta última el poeta Polo, jugando con su guante amarillo y extendiendo la pierna para lucir un lindo calzado de charol—. Se dice que nombran a Arias mayor de la plaza; pero lo creo un solemne puff.