—En cuanto a los estudios—dijo el general—, una vez que se sabe cantar no se necesita tantos como tú crees.
En cuanto al valor, no quisiera más que un regimiento de granaderos por ese estilo, para asaltar a Numancia o Zaragoza.
—Contaré a ustedes lo que ha pasado—dijo entonces uno de los concurrentes—. Cuando llegó, hace tres meses, esta compañía italiana, nuestra prima donna futura tomó por temporada uno de los palcos más próximos al tablado. No faltó a una sola representación y aun logró asistir a los ensayos. El duque consiguió de la primera cantatriz que la diese algunas lecciones, y después, del empresario, que la ajustase en su compañía. Pero el ajuste a que se prestó el empresario, fue en calidad de segunda; propuesta que fue arrogantemente desechada por ella. Por una de aquellas casualidades que favorecen siempre a los osados, la prima donna cayó peligrosamente enferma y la protegida del duque se ofreció a reemplazarla. Veremos qué tal sale de este empeño.
En este momento, la condesa, animada y brillante como la luz, entró en la sala acompañada de algunos tertulianos.
—Madre, ¡qué noche hemos tenido!—exclamó—. ¡Qué triunfo!, ¡qué cosa tan bella y tan magnífica!
—¿Me querrás decir, sobrina, la importancia que tiene, ni el efecto que puede causar, el que una gaznápira cualquiera, que tiene buena garganta, cante bien en las tablas, para que pueda inspirarte un entusiasmo y una exaltación, como te la podrían causar un hecho heroico o una acción sublime?
—Considerad, tío—contestó la condesa—, ¡qué triunfo para nosotros, qué gloria para Sevilla, el ser la cuna de una artista que va a llenar el mundo con su fama!
—¿Como el marqués de la Romana?—replicó el general—, como Wellington o como Napoleón? ¿No es verdad, sobrina?
—¡Pues qué, señor!—contestó la condesa—¿No tiene la fama más que una trompeta guerrera? ¡Qué divinamente ha cantado esa mujer sin igual! ¡Con qué desenvoltura de buen gusto se ha presentado en la escena! Es un prodigio. Y luego, ¡cómo se comunican de uno en otro el entusiasmo y la exaltación! Yo, además, estaba muy contenta, viendo al duque tan satisfecho, a Stein tan conmovido...
—El duque—dijo el general—debería satisfacerse con cosas de otro jaez.