Después de un cuarto de hora de una conversación animada, aquella mujer se levantó. Estaba lloviendo. El marqués la ofreció su coche, con grandes instancias; pero la duquesa le dijo:
—Padre, ya he mandado que pongan el mío.
Dijo estas palabras acompañando a la recién venida, que ya se retiraba y que se negó tenazmente a hacer uso del carruaje.
—Ven, hija mía—dijo la duquesa a su hija—, ven, con permiso de tu maestra, a saludar a tu buena amiga.
María no sabía qué pensar de lo que estaba viendo y oyendo. La niña abrazó a aquella que la duquesa llamaba su buena amiga.
—¿Quién es esa mujer?—le preguntó María, cuando volvió a su puesto.
—Es una hermana de la caridad—respondió la niña.
María quedó anonadada. Su orgullo, que luchaba con la frente erguida contra toda superioridad; que desafiaba la dignidad de la nobleza, la rivalidad de los artistas, el poder de la autoridad y aun la prerrogativas del genio, se dobló como un junco ante la grandeza y la elevación de la virtud.
Poco después se levantó para irse; seguía lloviendo.
—Tiene usted un coche a su disposición—le dijo la duquesa al despedirla.