—Es verdad: ¡no puede ser contrabandista!—afirmó fray Gabriel.

—Hermano Gabriel, ¿a ver qué dicen los títulos de esos libros?, puede ser que por ahí saquemos cuál es su oficio.

El hermano se levantó, tomó sus espejuelos engarzados en cuerno, los colocó sobre la nariz, echó mano al paquete de libros, y aproximándose a la ventana que daba al gran patio interior, estuvo largo rato examinándolos.

—Hermano Gabriel—dijo al cabo la tía María—. ¿Se le ha olvidado a usted el leer?

—No, pero no conozco estas letras; me parece que es hebreo.

—¡Hebreo!—exclamó la tía María—. ¡Virgen Santa! ¿Si será judío?

En aquel momento, Stein, que había estado largo tiempo aletargado, abrió los ojos y dijo en alemán:

Gott, wo bin ich? (Dios mío, ¿dónde estoy?)

La tía María se puso de un salto en medio del cuarto. El hermano Gabriel dejó caer los libros, y se quedó hecho una piedra, abriendo los ojos tan grandes como sus espejuelos.

—¿Qué ha hablado?—preguntó la tía María.