Penetrábalos la lluvia, azotábalos el viento y ellos seguían impávidos en su marcha grave y uniforme.

Esta comitiva se componía del cura y de algunos católicos piadosos, hermanos de la cofradía del Santísimo Sacramento, que presididos por Manuel, iban a llevar a un cristiano moribundo, con los últimos Sacramentos, los últimos consuelos del cristiano.

Nada podía, como lo que acabamos de describir, dar realce y vida a esta verdad moral: que en medio del tumulto y de las borrascas de las malas pasiones, la voz de la religión se deja oír por intervalos, grave y poderosa, suave y firme, aun a aquellos mismos que la olvidan y la reniegan.

El cura entró en el cuarto del enfermo.

Los niños que habían acudido, recitaban estos versos, que aprendieron al mismo tiempo que aprendieron a hablar.

Jesucristo va a salir,
yo por Dios quiero morir,
porque Dios murió por mí.
Los ángeles cantan,
todo el mundo adora
al Dios tan piadoso
que sale a estas horas.
Jesucristo va a salir, etc.

Aquella pobre morada se había aseado y dispuesto con esmero y decencia, gracias a los cuidados de la tía María y del hermano Gabriel. Sobre una mesa se había colocado un crucifijo con luces y flores, porque las luces y los perfumes son los homenajes externos que se tributan a Dios. La cama estaba limpia y primorosa.

Concluida la ceremonia, nadie quedó con el enfermo, sino el cura, la buena tía María y fray Gabriel. Tío Pedro yacía tranquilo. Al cabo de algún tiempo abrió los ojos, y dijo:

—¿No ha venido?

—Tío Pedro—respondió la tía María, mientras corrían por sus arrugadas mejillas dos lágrimas que no alcanzaba a ver el enfermo—, hay mucho trecho de aquí a Madrid. Ha escrito que iba a ponerse en camino y pronto la veremos llegar.