Entre tanto el joven embozado había desaparecido.
María, en traje de Semíramis, estaba preparada para salir a escena. Rodeábanla algunas personas.
El embozado, que no era otro que Pepe Vera, entró a la sazón, se aproximó a ella y sin que nadie lo oyese, le dijo al oído:
—No quiero que cantes—y siguió adelante con impasible aire de indiferencia.
María se puso pálida de sorpresa y enrojeció de indignación en seguida.
—Vamos—dijo a su doncella—; Marina, ajusta bien los pliegues del vestido. Van a empezar—y añadió en voz alta para que lo oyese Pepe Vera, que se iba alejando—; con el público no se juega.
—Señora—le dijo uno de los empleados—, ¿puedo mandar que alcen el telón?
—Estoy lista—respondió.
Pero no bien hubo pronunciado estas palabras, cuando lanzó un grito agudo.
Pepe Vera había pasado por detrás, y cogiéndole el brazo con fuerza brutal, había repetido: