—Descansad, María—le dijo—. Reposad tranquila en la venturosa paz de vuestra alma, sin que la importune la idea de que otros velan y padecen.

Capítulo XXVII

Apenas cerró el duque la puerta, cuando Pepe Vera salió por la de la alcoba, riéndose a carcajadas.

—¿Quieres callar?—le dijo María haciendo reflejar los rayos de la luz en el solitario que el duque acababa de regalarle.

—No—respondió el torero—, porque me ahogaría la risa. Ya no estoy celoso, Mariquita. Tantos celos tengo como el sultán en su serrallo. ¡Pobre mujer! ¿Qué sería de ti, con un marido que te enamora con recetas y un cortejo que te obsequia con coplas, si no tuvieras quien supiera camelarte con zandunga? Ahora que el uno se ha ido a soñar despierto y el otro a velar dormido, vámonos tú y yo a cenar con la gente alegre, que aguardándonos está.

—No, Pepe. No me siento buena. El sofocón que he tomado, el frío que hacía al salir del teatro, me han cortado el cuerpo. Tengo escalofríos.

—Tus dengues de princesa—dijo Pepe Vera—. Vente conmigo. Una buena cena te sentará mejor que no esa zonzona horchata, y un par de vasos de buen vino te harán más provecho que la asquerosa leche de burra; vamos, vamos.

—No voy, que hace un norte de Guadarrama, de esos que no apagan una luz y matan a un cristiano.

—Pues bien—dijo Pepe—, si esa es tu voluntad y quieres curarte en salud, buenas noches.

—¡Cómo!—exclamó María—. ¿Te vas a cenar y me dejas? ¿Me dejas sola y mala como lo estoy, por tu causa?